
Por el Politólogo: Joaquin Jaquet
Por más que intente disfrazarse de recital libertario, lo de Javier Milei fue —en términos políticos— una especie de “acto de campaña con luces de discoteca”. En el Luna Park versión 2025, el presidente volvió a subirse al escenario con guitarra en mano, coros de “¡Viva la libertad, carajo!” y un público eufórico que mezclaba militantes, curiosos y fans de YouTube.
A simple vista, todo fue un espectáculo. Pero detrás de la performance rockera se esconde un mensaje político cada vez más claro: el gobierno busca reemplazar gestión por show.
“La política como videoclip”
“El mileísmo entendió que la política argentina ya no se discute en el Congreso, sino en el algoritmo”, ironizó el politólogo cordobés Federico Zapata, señalando que “el presidente gobierna con la lógica del influencer: likes, escándalos y giras”.
Y tiene razón. Milei parece haberse dado cuenta de que los números económicos no generan aplausos, pero una guitarra eléctrica sí.
El problema es que la inflación puede bajar, pero el sueldo también, y esa es una ecuación que ni el rock ni la motosierra pueden maquillar.
Mientras el presidente canta, la economía desafina: caída del consumo, PyMEs que no levantan cabeza, y provincias —como Misiones— donde el humor social se mide más por el precio de la yerba que por el dólar libre.
El déjà vu menemista
El fenómeno no es nuevo. En los ’90, Carlos Menem también convirtió la política en espectáculo. Helicópteros, autos de Fórmula 1 y promesas de “salariazo” marcaron una época donde la imagen valía más que la gestión.
Solo que, a diferencia de Menem, Milei no tiene convertibilidad que mostrar ni boom del consumo que sostenga el show. Su luna de miel con los mercados empieza a apagarse, y el rock libertario suena más a tributo que a revolución.
El politólogo Andrés Malamud lo definió con acidez hace poco: “Menem bailaba para celebrar el poder. Milei canta para que no se note la ausencia del poder”.
Y en ese contraste, el mileísmo parece haber encontrado su estrategia: si no hay buenas noticias económicas, que haya titulares mediáticos.
Misiones: el público que no canta el estribillo
Pero no todo el país aplaude al mismo ritmo.
En Misiones, el electorado conserva una lógica más terrenal: menos Twitter, más tereré; menos “libertad, carajo”, más “cómo llego a fin de mes”.
El Frente Renovador provincial sigue dominando con su discurso de estabilidad, gestión y autonomía, mientras La Libertad Avanza intenta capitalizar el fenómeno nacional sin mucho éxito.
En las elecciones provinciales de junio, el mileísmo alcanzó alrededor del 21% y se ubicó como segunda fuerza. Nada despreciable, pero lejos de una ola imparable. Y de cara a las elecciones del 26 de octubre, el panorama parece más bien una marea baja.
“El electorado misionero es pragmático: no vota hashtags, vota estabilidad”, y “los liderazgos carismáticos nacionales se desinflan rápido cuando la heladera empieza a vaciarse”.
En otras palabras: el rock no llena el plato.
Show versus bolsillo
Mientras el gobierno celebra su “éxito comunicacional”, el ciudadano promedio enfrenta aumentos en servicios, transporte y alimentos. Y, como señaló la politóloga Mariana Gené, “en la Argentina, ningún relato sobrevive mucho tiempo al malhumor económico”.
El recital de Milei, lejos de revitalizar su imagen, podría consolidar la idea de un presidente más preocupado por el aplauso que por la gestión. En provincias como Misiones, eso se traduce en un voto de castigo silencioso, disfrazado de indiferencia o voto localista.
Epílogo: de la motosierra a la púa de guitarra
Hay una frase que circula en los pasillos del Congreso: “Milei cambió la motosierra por la guitarra, pero el ruido sigue siendo el mismo”.
Y es que, en la Argentina de hoy, los acordes del poder suenan desafinados. El show puede llenar estadios, pero no changuitos.
En Misiones, el votante parece tenerlo claro: los espectáculos duran una noche; los precios, todos los días.