
Milei en Israel: entre la diplomacia y el espectáculo, un presidente que canta mientras crujen las formas
La gira del mandatario argentino dejó una postal incómoda: gestos personales, mística religiosa y una performance más cercana a un show que a la sobriedad institucional.
Politólogo: Joaquin Jaquet
La visita del presidente argentino Javier Milei a Israel no pasó desapercibida. Pero no precisamente por logros diplomáticos concretos, sino por la puesta en escena: cánticos, gestos exaltados y una impronta más cercana a un acto performático que a una misión de Estado.
En un contexto internacional que suele exigir prudencia, equilibrio y lenguaje codificado, el mandatario eligió otro registro: el del showman convencido de que la autenticidad reemplaza al protocolo.
Existen formas de liderazgo que se apoyan más en la figura personal que en las reglas institucionales. En esos casos, el líder no se adapta al cargo, sino que redefine el cargo a su propia imagen.
El problema es que la política exterior no es un escenario cualquiera: cada gesto hacia afuera tiene impacto hacia adentro. Cuando un presidente canta, grita o se emociona en público, no solo expresa convicciones, también redefine qué se entiende por institucionalidad.
El viaje también dejó otra señal: un acercamiento explícito al judaísmo que, lejos de ser neutral, reaviva tensiones con la tradición católica argentina.
En un país donde la figura del Papa Francisco tiene peso político y simbólico, estos gestos no pasan inadvertidos. La religión, como elemento de cohesión social, no es un terreno menor: mover ese eje implica reordenar sensibilidades, identidades y conflictos.
Lo que antes era una relación tirante ahora empieza a parecer un distanciamiento más estructural.
Lo que incomoda no es la fe personal ni la ideología, elementos legítimos en cualquier líder, sino la forma. La escena de un presidente que, en lugar de mostrar templanza institucional, se expresa como en un escenario, abre una pregunta incómoda:
¿Dónde termina la autenticidad y empieza la irresponsabilidad institucional?
Cuando el poder se concentra en la figura del líder y se debilitan los mecanismos formales, el riesgo no es solo estético: es político. La política exterior deja de ser una política de Estado para convertirse en una extensión de la personalidad presidencial.
A partir de este episodio, se perfilan tres posibles caminos:
- Refuerzo del núcleo duro: para sus seguidores, Milei no rompe protocolos, los desafía. Y eso consolida su identidad antisistema.
- Choque con el catolicismo: la tensión podría escalar, especialmente si los gestos simbólicos continúan profundizándose.
- Erosión institucional: la reiteración de estas conductas puede debilitar la imagen internacional y generar ruido diplomático.
Cuando las identidades, religiosas, culturales o políticas, pasan a ocupar el centro de la escena, los conflictos tienden a intensificarse.
La gira de Milei no solo mostró un presidente en el exterior. Mostró un modo de ejercer el poder: sin filtros, sin mediaciones y con una fuerte impronta personalista.
Pero gobernar no es solo expresar convicciones. También implica representar una institución. Y ahí radica la tensión central de este episodio:
Cuando el líder se comporta como protagonista de un show, el riesgo es que el Estado quede relegado a un papel secundario.
La política no solo organiza el poder, también construye sentidos. Hoy, la Argentina parece debatirse entre dos modelos: uno institucional, previsible y sobrio; y otro donde el carisma, el espectáculo y la convicción personal ocupan el centro de la escena.
La pregunta ya no es si Milei rompe protocolos, la pregunta es qué queda en pie después de que los rompe.